
Ha sido como un resorte. Desde que los Pistons ganaron el anillo y le dieron para el pelo en los Juegos Olímpicos, a Larry Brown le ha sobrevenido un pasional desencanto por la pizarra. La pelea en las gradas de su cancha y la constante demanda de cambios en la plantilla por los resultados mediocres le tienen en pleno debate interior sobre qué hacer en un futuro próximo.
22 de diciembre. plus.es
Lo dice hasta Phil Jackson en su libro, en uno de los pocos espacios que no dedica a hablar de Kobe Bryant. Larry Brown tiene fama de liarse la manta a la cabeza y empezar a despedir e intercambiar gente a las primeras de cambio.
Lo saben en Detroit y no le cortaron en Filadelfia.
Poca paciencia, más bien ninguna, es lo que avala al único técnico capaz de ganar la NCAA y la NBA. Espera que ha soportado durante años hasta que coleccionó el anillo y que ahora se le ha acabado.
En declaraciones a un programa de televisión, Brown asegura 'ponerse enfermo' simplemente de pensar en el segundo episodio del Pistons-Pacers, a disputar nada más y nada menos que en el fraternal día de navidad.
Unas palabras que van acompañadas de otras de hastío sobre las imágenes que se le vienen a la cabeza de la trifulca, algo que nunca había visto y que le han llegado al alma.
Si de verdad lo que dice es cierto, es todo un detalle por su parte. Pero quizás detrás de su frustración y desencanto -del cual ya se dio algo antes de la pelea- se encuentra cierto desánimo por seguir en el banco, una vez que ya fue campeón.
Desde luego, que nada ayuda la marcha de su equipo, rondando con el 50% de victorias-derrotas todo lo que llevamos de campaña. Quizás tampoco colabora su impaciencia, que ya le ha llevado a intentar modificar la plantilla en varias ocasiones.
Cada vez que a Brown se le cruzan los cables, se topa con su antagonista, Joe Dumars, su jefe. Un tipo más que paciente y consciente de la necesidad del cambio meditado y no basado en una impresión en caliente.
Los deseados: Eric Snow y Vince Carter
Apenas se llevan 23 partidos y a Brown se le han metido en la cabeza dos caprichos que sepamos: Vince Carter y Eric Snow. Es bien cierto, que los Pistons -con calma- andan a la caza de un base y un escolta o alero con diferentes características a las que tienen los titulares para que cambien el ritmo y los modos desde el banco.
La máxima para ambos es que no se altere el núcleo del equipo, o sea sé, que no se toque a ninguno de los titulares, por lo que la vía intercambio se antoja complicada. En el caso de Carter, Brown se quedó prendado de él tras una conversación con su madre. Además, hay que recordar que ambos tienen el pedigrí North Carolina.
En el de Snow la cosa va más allá y no le sentó bien. Dumars ve que en un par de años, tras ampliar el contrato en éste a Sheed Wallace, va a tener que negociar con dos agentes libres clave, el otro Wallace, Ben y TayShaun Prince. Por ello, dejó escapar por poco a Corliss Williamson, un jugador que le gustaba bastante, y por ello, no iba a traer de los Sixers el pesado contrato del base al que Brown le dio un equipo para manejar.
La relación Dumars-Brown es cordial. Dialogan todos los días y se escuchan mutuamente, pese a que cada uno difiere del otro de manera radical. El directivo le calma, el entrenador le pide y al final suelen llegar a un acuerdo.
Por ejemplo, está previsto que en poco tiempo se hagan con los servicios de Frank Williams, un base interesante al que los Knicks mandaron a Chicago, la franquicia con más directores de juego por metro cuadrado.
Milicic... ¿Moneda de cambio?
Pero falta por resolver lo de las alas y el cambio de ritmo para salir de la mediocridad. Brown pide renovación, con la máxima de no tocar el corazón del equipo, y la única pieza apetecible de mercado que pueden ofrecer es la de Darko Milicic.
El serbio fue la gran apuesta de Dumars un par de veranos atrás, y ahora se pudre en el banquillo, del mismo modo que lo hizo en su temporada novata. Si no lo va a utilizar, como Brown deja claro noche tras noche, lo lógico y normal es ponerlo en el mercado y sacar algo a cambio.
Pero de nuevo vuelve la confrontación. Dumars apostó por el serbio y se tiraría de los pelos por dejar escapar un talento, a priori, tan evidente. Es lo que al otro lado del Atlántico llaman síndrome Jermaine O'Neal, por el patinazo de los Blazers al dejar escapar a un tipo con sus cualidades sin darle bola suficiente.
Para mal de Brown, habrá que esperar. Dumars tiene paciencia y sangre fría. No quiere soltar a Milicic a no ser que resulte estrictamente necesario y de momento, con 23 partidos -un mundo para Brown- no hay porque empezar a ponerse nervioso.
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