El oro, ese metal que volvió loco a los alquimistas, sigue dando mucho
que hablar. Y es que su precio ha llegado a niveles que ni se imaginaban desde
1.999. Las razones son múltiples, pero básicamente es la gran
incertidumbre que recorre los mercados bursátiles la que ha obligado
a muchos inversores a volver la vista hacia el metal dorado. Si es o no una
buena elección es lo que intentamos aclarar en este reportaje.
No todo lo que reluce es malo
El "subidón" de oro
Enron y las prácticas contables irregulares
La plata siguiendo la estela dorada
Rafael González, CNN+. El oro es, desde tiempos ascentrales,
el metal que más ha estimulado al hombre en su ansia por la riqueza.
Desde que se acuñaran las primeras monedas con este producto primario,
hace ya más de dos mil años, para la inmensa parte de la humanidad
ha sido sinónimo de poder y valor. Y es que el control de este metal
ha provocado múltiples conflictos entre los hombres a lo largo de la
historia.
Pero desde que, hace más de treinta años, el oro dejara de ser
el eje del sistema económico internacional, ha pasado a convertirse
en una forma más de inversión dentro del amplio abanico de posibilidades
que ofrece el actual sistema capitalista. Sin embargo, son muchos los que mantienen
una fe ciega en él por encima de otras formas de inversión mucho
más rentables, quizás por calificativos inherentes a las piedras
doradas como grandeza, esplendor o poder.
El oro, como cualquier otro producto primario, es por definición una
base fija. Esto implica que, conforme la demanda sigue al alza, los recursos
se vayan consumiendo y su precio tiende a subir. Al menos esa era la teoría
de algunos economistas de finales del XIX, aunque el ingenio humano se
ha encargado de desmontarla.
Los nuevos avances tecnológicos han permitido que la relación
inversamente proporcional desaparezca: a mayor población menor
cantidad de recursos a repartir. La evolución científica ha
conseguido una mayor eficiencia en la obtención de los productos primarios
-en el caso de oro, modernas técnicas de extracción mineras-,
lo cual ha llevado a una caída a su precio.

Aun así, si un negociante hubiera invertido a largo plazo en oro hubiera
generado un retorno anual medio, aunque muy modesto, positivo. En concreto un
1,7 por ciento anual descontando la inflación entre 1970 y 2001.
Sin embargo, en el mismo periodo de tiempo, el retorno anual medio invirtiendo
en acciones estadounidenses superaban el 7,40 por ciento de beneficios.
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No todo lo que reluce es malo
Pero no todo lo que reluce es malo, cuando la cotización del oro está
por encima de los 325 dólares, un precio que no se daba desde 1999.
La evidencia muestra que invertir en el metal dorado es el refugio más
seguro cuando se avecinan grandes tormentas en los mercados de renta variable.
El ascenso de las últimas jornadas recuerda levemente al que sufrió
en la década de los setenta, cuando se convirtió en el bunker
predilecto ante las elevadas tasas de inflación y la gran incertidumbre
económica y política que caracterizaron a esos 10 años.
En general, la experiencia de los años setenta creó la impresión
de que el oro era la opción perfecta para preservar el poder de compra
del dinero e incluso ganar un retorno atractivo. Esto no es descabellado, en
la medida en que en esa década el acceso a los mercados financieros era
limitado y las tasas bancarias estaban topadas, por lo cual el rendimiento real
en las opciones tradicionales de ahorro era negativo.
Otro aspecto notable de los setenta fue la turbulencia política
y financiera de los diversos conflictos. Al igual que en la actualidad, Oriente
Próximo era un foco de tensiones y el petróleo, conocido como
el "oro negro", era la razón principal. Así el
oro se convirtió en una especie de "seguro" contra desastres
geopolíticos y llegó a cotizar en septiembre de 1980, por encima
de los 700 dólares.
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El "subidón" de oro
Con estos antecedentes podemos entender por qué ha subido la demanda
del oro. La estructura macroeconómica actual se caracteriza por una vorágine
bursátil donde reina la incertidumbre y la alta volatilidad. Desde el
tristemente famoso 11-S, han sido muchos los conflictos políticos
y económicos que han azotado la actualidad mundial.
Por un lado, la invasión de Afganistán por parte de EEUU en búsqueda
de los culpables de los atentados de las Torres Gemelas. En Oriente Próximo,
la radicalización del conflicto entre Israel y Palestina y la
posibilidad de invasión de Irak. Por no hablar del recrudecimiento de
las tensiones entre la India y Pakistán, con la amenaza de una
guerra nuclear de fondo. Ciertamente estos son focos que han estallado con graves
consecuencias mundiales.
Pero el problema político no es más que uno de los vértices
del triángulo y por sí solo no es definitivo. En las décadas
anteriores ya hubo crisis importantes y ninguna derivó en un alza sostenida
del precio del oro. Así en los 80, Latinoamérica fue un
núcleo de crisis mundial y los 90 se inauguraron con la invasión
de Kuwait y la posterior Guerra del Golfo.

Otra de las bases es el cambio que ha sufrido el oro en su nivel de producción
y la política de ventas de los bancos centrales. Así la
producción se encuentra en fase descendente ya que el bajo precio de
la onza ha provocado recortes en las inversiones destinadas a buscar nuevos
yacimientos. Por otro lado, los bancos centrales, desde los acuerdos de Washington
de 1999, han mantenido invariadas las ventas en 468 toneladas porque
ya no consideran una amenaza para la estabilidad del mercado de oro.
El último vértice, quizás el más fundamental, es
la profunda crisis que viven las empresas especialmente en el sector tecnológico.
Los resultados empresariales del primer cuatrimestre han estado cargados de
números rojos, han sido revisado a la baja y, en muchos casos, como HP,
Alcatel o Worldcom han obligado a despedir a miles de trabajadores.
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Enron y las prácticas contables irregulares
Cuestión aparte es la moda que ha impuesto Enron de llevar a
cabo prácticas contables irregulares que llevó a la mayor empresa
energética estadounidense a la quiebra. La compañía, con
una facturación cercana a los 100.000 millones de dólares, despidió
además a más de 7.500 trabajadores. Es obvio que el hundimiento
del primer comercializador mundial de energía impulsa la incertidumbre
en los inversores.
La siguiente en seguir la moda ha sido Tyco International cuyo ex presidente
ejecutivo fue despedido el 4 de julio, acusado formalmente de evasión de impuestos
en el estado de Nueva York. La empresa de telecomunicaciones es una de las grandes
mundiales con una facturación de 36.000 millones de dólares anuales y
240.000 empleados.
Es destacable también, como detonante para el precio del oro a demanda
procedente de Japón, a raíz de la quiebra de su sistema
financiero. Los japoneses, a falta de otra inversión más rentable
están llenando la hucha del oro con sus ahorros.

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La plata siguiendo la estela dorada
Uno de los más beneficiados de la carrera alcista del oro es otro metal
precioso: la plata ha aprovechado para superar, por pirmera vez en dos
años, la cota psicológica de los cinco dólares por onza.
Sin embargo, muchos analistas creen que a pesar de este repunte del oro y de
la plata, los metales preciosos están bastante alejados de sus máximos
a largo plazo.

Teniendo todo esto en cuenta, es obvio que el oro sigue siendo visto como una
especie de seguro contra escenarios apocalípticos. Invertir en el metal
dorado está justificado si se cree en él pero, desde luego sigue
siendo una opción de rendimiento pobre en comparación con
otros tipos de inversión.
Pero cuando la angustia se apodera de los mercado,s todos buscan un refugio
dorado donde guarecerse. Sin embargo, estos inversionistas se olvidan de que,
como dijo el historiador Tito Livio, "el miedo siempre provoca que
se vean las cosas peor de lo que son".
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