Argentina continúa reclamando su soberanía sobre las Islas Malvinas,
Gran Bretaña continúa gobernándolas, los ingleses no son
demasiado bien vistos allí y el sentimiento patriótico argentino
tiene clavado en ese archipiélago una de sus más dolorosas espinas.
El capítulo más sangriento sucedió hace ahora veinte años.
El 2 de abril de 1982, el Ejército argentino desembarcó en las
islas dispuesto a recuperar su anhelado territorio. Mil muertos y la victoria
inglesa hicieron perder al pueblo argentino, tal vez para siempre, las esperanzas
de recuperar las Malvinas.
Guerra de patriotas
Dos meses y mil muertos
Jonathan Sastre, CNN+. "Señores, miren fijamente el crucifijo".
Con esas palabras dirigidas a su equipo, el ministro argentino de Asuntos Exteriores,
Nicanor Costa Méndez, comenzaba en 1982 lo que se llamó la Operación
Rosario, un violento intento por recuperar las Islas Malvinas.
El Gobierno de Leonardo Galtieri había planeado recuperar ese
territorio, después de más de 150 años de baldías
negociaciones con Gran Bretaña.
Y es que Argentina nunca perdonó la entrada de Gran Bretaña en
las Malvinas. Sucedió en 1833, cuando el capitán Onslow,
a bordo de la corbeta "Clio", desembarcaba colonos en las islas,
ante la mirada estupefacta de los pobladores argentinos, que fueron expulsados.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el Comité de Descolonización de las Naciones
Unidas incluyó a las Malvinas en la lista de territorios "no autónomos" y estableció
que no era aplicable el principio de autodeterminación de los
pueblos, por ser sus habitantes ciudadanos británicos, directamente dependientes
de la metrópoli.
Guerra de patriotas
El sentimiento argentino quedó herido para siempre. La contienda planeada
por Galtieri, 150 años después de que el "Clio" llegara
a las inhóspitas Malvinas, fue acogida con estusiamo por un pueblo deseoso
por recuperar lo que consideraba suyo.
Al otro lado del Atlántico, Margaret Thatcher decía, implacable,
a su secretario de Defensa, John Nott: "si son invadidas, tenemos que
recuperarlas".
La Dama de Hierro estaba decidida a combatir contra el General Leopoldo Galtieri
para defender las islas. "Los agresores nunca deben tener éxito",
proclamó Thatcher horas antes del desembarco argentino de 1982.
No se refería, por supuesto, al ataque británico al asentamiento
argentino de las Malvinas en 1833 y la expulsión de sus pobladores, sino
al desembarco planeado por las fuerzas argentinas para pocas horas después.
El conflicto se convirtió, más allá de una lucha por conseguir
unas islas desoladas, azotadas por helados vientos antárticos, en una
pugna patriótica, una lucha en la que unos, los argentinos, estaban
dispuestos a morir y otros, los británicos, no podían soportar
perder.
Dos meses y mil muertos
El 2 de abril de 1982 Argentina se levantaba con gloriosas portadas de periódicos,
que exultantes, publicaban la noticia del desembarco como una gran victoria
del patriotismo sobre el imperialismo.
Incluso el General Galtieri salía a saludar a su pueblo,
a las multitudes enfervorecidas que se congregaban frente a la Casa Rosada.
Pero su saludo no duraría mucho porque aquel día supuso el inicio
de una cruel guerra que no terminó como él esperaba.
Dos meses después, el 14 de junio de 1982, y con más de mil bajas
(648 argentinos y 255 ingleses), Argentina firmaba su rendición y la
bandera británica volvió a ondear en el territorio de las Malvinas.
La guerra había terminado sobre el terreno, pero la memoria de
la contienda permanecerá para siempre en las cabezas de los argentinos,
que, lo recuerdan con rabia y tristeza, pero con cierta distancia, en medio
de la profunda crisis que sufre el país en la actualidad.
En Gran Bretaña, algunos la recuerdan como una guerra absurda,
otros creen que era necesaria, pero la mayoría no oye hablar de
las Malvinas hasta que los medios no les bombardean con las imágenes
de una guerra que mató a hombres e hirió el orgullo pero no consiguió
nada.