Si decimos que Argentina ha tocado fondo, no nos quedamos cortos. Catorce millones
de personas viven por debajo de la línea de pobreza, y otros diez o quince
subsisten como pueden atrapados por el "corralito financiero". No
hay trabajo, no hay comida. Y un día el ruido de los cacerolazos invade
las ciudades deshechas por los saqueos, la población se moviliza para
decir basta, y cuatro presidentes caen en menos de quince días.
CNN+, Irene Castillo. La bomba ha explotado de
forma imprevista para la comunidad internacional, pero bien saben los argentinos
que allí el tic tac se venía oyendo desde hace años. Lo
sabe Priscila y lo sabe Marina, que han huido, como muchos otros, para empezar
de nuevo en España.
Priscila prepara unos aperitivos en la cocina. Marina, mientras, remueve en
la sartén el relleno de las empanadas. Ambas preparan una cena típica
para unos amigos argentinos que están a punto de llegar. Las reuniones
entre ellos han sido constantes desde que se ha levantado el país.
En ellas discuten sobre lo sucedido, recuerdan viejos tiempos y, sobre todo,
se animan y apoyan los unos a los otros para sobrellevar mejor la impotencia
de ver cómo todo se viene abajo.
Priscila, nacida en Santa Fe hace 19 años, no se esperaba que
para poder estudiar arte, su pasión, tendría que venir hasta Madrid
y dejarlo todo atrás. Los problemas económicos de su familia y
la situación social le impedían irse a Buenos Aires. Y se vino
para España sin papeles, sin contactos y con mucho, mucho miedo.
El 19 de diciembre, Priscila vio en un monitor del metro las imágenes
de su país en plena revolución. "Las lágrimas se me
caían sin que pudiera evitarlo. Me preguntaba que hacía yo aquí.
Corrí a llamar a mis padres para asegurarme de que todo iba bien",
recuerda.
Un problema existencial
Lo de Marina fue un problema básicamente existencial. Su situación
allá era insólitamente buena: un puesto de trabajo como docente
y un sueldo tres veces mayor que el que gana ahora en Madrid como administrativo.
Pero la situación política, económica y social le asfixiaba.
Sintió que tenía que buscar un destino diferente y huir de la
desesperación y la amargura. "Resignar tu oficio y tus estudios
para tener que trabajar en algo que no tiene nada que ver con lo que eliges
es duro. Y a veces estamos tan desesperados allá que cometemos el error
de pensar que empezar desde cero es fácil".
El timbre suena y Priscila abre la puerta a Maxi, que viene acompañado
de su hermano Ariel. Él es un caso especial, puesto que vino con un contrato
firmado y los papeles en regla. Trabajaba desde hacía cinco años
en un organismo internacional en Buenos Aires con sede en Madrid, y le ofrecieron
un traslado a un programa de investigación educativa que no dejó
escapar. Con nostalgia comenta que no ha venido para siempre y que piensa
constantemente en volver, pero que, por ahora, es imposible.

Entre cerveza y cerveza, y tras meter las empanadas en el horno, los argentinos
hablan sobre la crisis de las empresas españolas en Argentina
y cómo, desde su punto de vista, no tienen derecho a quejarse ya que
su país ha sido una mina de oro para ellos. "Ninguna de estas empresas
está limpia", comenta Marina, "se han metido en nuestro mercado
a base de corrupción, hay mucho dinero en juego".
Huída hacia el futuro
Pronto llaman a la puerta Hugo, Ale y su novio Diego. Este último
acaba de llegar de Argentina, viene de visita. Ha vivido todo lo que ocurrió
desde los cacerolazos, ha participado en las manifestaciones de la plaza 2 de
mayo y afirma que, aunque le tienta, no abandonará su país porque
espera contribuir al cambio desde dentro.
Ale, por su parte, vino a Madrid para poder estudiar, ya que en la Universidad
de Buenos Aires se iban a suspender las clases por impago de los docentes.
Eligió venir a España porque ya la conocía y por las posibilidades
que le ofrecía en su campo de estudio, la Historia.
Hugo, con sus 38 años, vino a España en el 98 becado por
la universidad en la que trabajaba, para hacer un master de español como
lengua extranjera. Hizo prácticas en una escuela privada donde está
dando clases hasta hoy, y empezó un doctorado en lingüística
aplicada. Pero el cargo que se le había prometido en Argentina desde
el 2000 era imposible de subvencionar, así que hasta ahora sigue
aquí, recibiendo un subsidio de la universidad de la ridícula
cifra de 80 dólares mensuales.

Optimismo y apatía
En seguida todos se sientan a la mesa y comienzan a circular las empanadas
y cervezas de la tierra, mientras Diego relata su optimismo con respecto
a lo que ha sucedido en el país durante las últimas semanas. "Por
primera vez la sociedad - y no los militares- ha dicho basta y ha derribado
un gobierno, y esto me da orgullo. Pero también persiste una cierta sensación
de apatía, ya que todos sabemos que aunque se derroque a un presidente,
el que lo sustituya será más de lo mismo".
Pocos comparten este optimismo, al igual que no comparten la visión
que han dado los medios de comunicación al conflicto. Maxi se queja de
la forma en que los medios han focalizado los disturbios específicamente
en la plaza 2 de mayo y en Buenos Aires, y que haya salido a la
luz la crisis sólo cuando, por primera vez, se movilizó la clase
media.
Hugo conoce bien la situación que ha vivido todo el interior
de Argentina, que viene siendo crítica desde hace años, con el
agravante de que las marchas tienen mucha menos fuerza. "La gente allí
no es escuchada y está muy acostumbrada a que en el reparto de la riqueza
salgan perdiendo siempre. Todo esto se desconoce aquí".

Desconfianza en Duhalde
La cena ha concluido, y Priscila prepara mate y crepes con dulce de leche para
todos. La tertulia prosigue en el salón con el nuevo presidente argentino,
Eduardo Duhalde, como protagonista.
Si hay algo en lo que todos coinciden, es que cualquier político que
suba al poder, empezando por Duhalde, está automáticamente deslegitimizado,
puesto que no ha sido elegido por el pueblo. Ale declara que no tiene ninguna
esperanza puesta en él, le acusa de ser el mayor narcotraficante
del país y le culpa en gran medida de la crisis económica en su
época de gobierno junto a Ménem. Todos están cansados
del bipartidismo peronismo-radicalismo que no les lleva a ninguna parte.
El grupo comparte el mate y acaban contando chistes que desahogan el ambiente
de la tensión del debate. Parecen tener muy claro lo que pasa
y por qué. Sin embargo, cuando se les pregunta por la solución
de la crisis, se quedan mudos. En Argentina el túnel no parece tener
salida. ¿Por qué? Hace 22 años, durante la dictadura militar,
se asesinó o tuvieron que abandonar el país toda una generación
de gente joven que pensaba. Hoy tendrían 40 o 50 años,
y podrían estar liderando un cambio.
La única vía, por ahora, es confiar en que los políticos
que han causado la crisis, bajo la presión de ésta y de la sociedad,
traten de remediarla. El cambio no se dará de la noche a la mañana,
ni mucho menos. A Argentina sólo le queda la esperanza.